Como cada año, la Peregrinación Mariana Infantil y Familiar nos regala una oportunidad única para caminar juntos como comunidad vicarial, poniendo nuestros pasos, nuestras alegrías, nuestras preocupaciones y nuestros sueños en las manos de la Virgen María. Este año lo hacemos bajo un lema que ilumina profundamente nuestro camino: “Con María compartimos la alegría de Jesús”.
La alegría cristiana no es una emoción pasajera ni depende de que todo salga bien. La verdadera alegría nace del encuentro con Jesús, de saber que Él nos ama, nos acompaña y camina con nosotros cada día. Es la alegría que llenó el corazón de los discípulos cuando descubrieron que el Señor estaba vivo; la misma alegría que experimentaron los santos y que hoy sigue transformando la vida de quienes se animan a abrirle las puertas de su corazón.
Y cuando pensamos en la alegría de Jesús, inmediatamente miramos a María. Ella fue la primera en recibir la Buena Noticia y en llevarla a los demás. Después de escuchar el anuncio del ángel, no se quedó encerrada en sí misma, sino que salió al encuentro de su prima Isabel para compartir la alegría que llevaba dentro. María nos enseña que la fe verdadera siempre se convierte en servicio, encuentro y misión.
Por eso, la alegría que Jesús nos regala nunca puede quedarse guardada en el corazón. Todo encuentro auténtico con Él nos impulsa a anunciarlo. La fe crece cuando se comparte, y la alegría del Evangelio se multiplica cuando llega a otros. En nuestra peregrinación queremos recordar que cada niño, cada familia y cada comunidad está llamada a ser testigo de Jesús. Anunciarlo no significa solamente hablar de Él, sino hacerlo presente con gestos concretos de amor, de solidaridad, de perdón y de esperanza. Allí donde alguien es acogido, acompañado o ayudado, Jesús vuelve a hacerse visible.
En este tiempo, además, resuenan con fuerza las palabras de nuestro arzobispo, Jorge García Cuerva, en su carta pastoral Queremos ver a Jesús. Allí nos invita a volver la mirada hacia lo esencial: encontrarnos con Jesús, conocerlo, escucharlo y hacerlo presente en medio de nuestro pueblo. En una sociedad que muchas veces vive acelerada, preocupada o dividida, la Iglesia está llamada a mostrar el rostro cercano y misericordioso de Cristo. Y para que otros puedan verlo, primero debemos descubrirlo nosotros y luego animarnos a anunciarlo con nuestra vida.
Nuestra peregrinación quiere ser precisamente eso: un camino para ver a Jesús y ayudar a otros a encontrarlo. Los niños, las familias, los catequistas, animadores, dirigentes y las comunidades caminamos juntos porque sabemos que la fe no se vive en soledad. En cada canto, en cada oración, en cada gesto de fraternidad, María nos toma de la mano y nos conduce hacia su Hijo. Y una vez que lo encontramos, nos envía a compartir con otros la alegría de saber que Él está vivo y camina junto a nosotros.
Que esta peregrinación sea una verdadera fiesta de la fe. Que nuestros niños descubran que seguir a Jesús es fuente de alegría; que nuestras familias renueven la esperanza; y que todos podamos regresar a nuestras comunidades con el corazón lleno de esa alegría que no se guarda para uno mismo, sino que se comparte y se anuncia.
Porque cuando Jesús llena nuestro corazón, la alegría se multiplica. Y cuando caminamos con María, aprendemos a llevar esa alegría a todos los que encontramos en el camino.
¡Peregrinemos con alegría, caminemos con María y mostremos juntos a Jesús a nuestra ciudad!

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