domingo, 31 de julio de 2016

Historia de Mama Antula

A) Una niña muy especial

Esta historia que vamos a contar es tan maravillosa, tan increíble y tan grande que pareciera que pertenece al mundo de los cuentos, y de los cuentos fantásticos, y de amor, y populares y de aventuras.
Pero no, esta historia fue realidad, tan viva y tan cierta que aún ahora, después de más de doscientos años nos sigue hablando al oído e invitándonos a entrar en ella para vivir algo más que una aventura, una bienaventuranza.
Asomémonos, para entrar en ella, a un lugar  muy verde, casi sin caminos, muchos árboles diferentes, algarrobos, quebrachos, ceibos, mistoles, el hermoso y extraño itín, con sus largas espinas verdes, palmas, el chañar y algunos más que siguen aún acunando nidos de torcazas, martinetas, urracas, lechuzas, calandrias, zorzales, benteveos,  águilas y caranchos.
Hermosa tierra donde los avestruces lucen vanidosos sus alas, y el pequeño Tatú Carreta se convierte en pelotita cuando algún gato montés se asoma con hambre.
Allí, entre voces quichuas y tonadas españolas, en el año 1730, se escuchó por primera vez un llanto profundo y fuerte, como para que escuche el cielo. – es una niña, -  gritó una vecina – y una niña hermosa, con ojos de cielo , blanca como la luna blanca, de cabellos como de hilos de la noche, y con unos pulmones, vaya que vino con fuerza esta niña.
Entre la escasa población, un nacimiento era una fiesta, y, no lo sabemos bien, porque no pudo verse, pero seguramente miles de ángeles cantaron ese día, que tan maravilloso fue que no sabemos cuál es. El día en que María Antonia nació para ser paloma mensajera de Dios.
Pocos juguetes en ese entonces, pero muchas mascotas acompañaron la infancia de Antonia, un Tatú, un zorrito y un tero en el jardín. En ese paisaje que hoy podría parecernos “una nada” ella descubría las infinitas huellas de la creación en todas partes. Allí, y en el 1700, hablar con Dios seguramente le fue muy fácil. Con sus bellas imágenes de la Virgencita y con los ángeles mimándola, creció, sabiendo que Jesús tiene un corazón enorme donde ella cabe y donde caben todos, y eso era lo que seguramente se le metió en la cabeza, invitar a todos, los que no saben, que ese Jesús que la hace tan feliz, hace una fiesta en su corazón y que están todos invitados.
Y así, con esa idea fija en su cabeza y en su almita, recibió a Jesús en su Primera Comunión, se dio cuenta, desde muy chiquita que Jesús la enamoraba y que ella entonces tenía que enamorar a los demás para que así lo conozcan y lo busquen y lo sigan.
Y lo hizo, vaya si lo hizo. Donde aparecía brillaba. Conquistaba a todos, pero no para que la miren a ella, sino para que vean a quien llevaba en su corazón, aquél que le daba el azul a sus ojos tal vez para que quien la mire vea el cielo que mostraba.
Cerquita de su casa estaba su refugio preferido, donde mejor se sentía, la casa de la Compañía de Jesús.
Pero tal vez no saben de qué se trata la Compañía de Jesús, bueno, rápidamente les cuento que otros doscientos años antes, un gran hombre, hoy un enorme santo, San Ignacio de Loyola, fundó esa compañía, como si fuera un ejército de amigos de Jesús que quieren hacer lo que Él mismo les mandó, amar y servir a las personas dándolo a conocer para que así se parezcan más a Él. Para eso hicieron Los ejercicios espirituales, que es como si fuera un gimnasio para el alma. Se dieron a llamar Jesuitas y eran sacerdotes y hermanos.
Y ahora volvamos a María Antonia, ella encontró con los Jesuitas  la mejor manera de servir y amar y a los 15 años hizo la fiesta de 15 más original del mundo.
Sí, decidió vestirse como ellos, toda de negro, como una monjita, pero como la Compañía de Jesús era de hombres, ella, con otras amigas, le prometieron a Jesús que se iban a entregar a Él y que iban a servirlo sirviendo a los demás, nunca fueron monjitas, se llamaban beatas, pero sólo eran chicas, laicas, como cualquier chica soltera, pero como pocas mujeres.
¿Y qué hacían? Ayudaban en los ejercicios espirituales, cuando la gente iba a rezar y a conocer más a Jesús, ellas limpiaban, cocinaban, servían la mesa, y Antonia, sobre todo, “escuchaba” era una gran escuchadora, sabía que así, la gente se sentía comprendida, y de paso investigaba qué necesitaban para poder solucionar sus problemas.
Pero las historias tienen también momentos terribles. Eso le pasó en el año 1767. ¿Y qué fue lo terrible?, que el rey Carlos de España los echó a los Jesuitas de todas partes, no sabemos bien por qué, pero sí sabemos lo que le pasó a Jesús, y lo que les pasa a muchos de los que lo siguen, aparece la bruja Envidia y el brujo Miedo, que los quieren hacer desaparecer simplemente porque no soportan todos los milagros que hacen las personas con Dios adentro.
Y sí, al irse los Jesuitas cerraban también los gimnasios del alma, quiero decir, los Ejercicios Espirituales. En esos lugares, en esos momentos, sin libros, sin televisión, sin internet, a los pobres gauchos y nativos, cómo se les iba a hablar de Dios, si no es cara a cara?, quién se iba a ocupar de sus necesidades si no es con amor? Era algo muy serio, porque sólo Jesús nos hace libres, sin él era muy fácil ser esclavo.
María Antonia era, como sabemos “mujer” y las mujeres de aquellos tiempos eran personas sin mucha importancia, casi ni podían pensar y tener ideas propias. Pero ella, no era una mujer sola, no, ella era una con Dios. Y la tenía a María, la Virgencita de los Dolores para hacerla sentir en su propia carne los dolores de cualquier persona. Entonces, le dio para adelante.
Consiguió, un galpón y un cura y siguió con los ejercicios, en Santiago del Estero y en las poblaciones cercanas.
Pero no la asustaban las distancias, el Espíritu Santo sería sus alas, y como ella sabía que los Jesuitas tenían también Casas de Ejercicios en Jujuy y en Tucumán y en Catamarca, allá fue, sí, aunque no lo crean, CAMINANDO descalcita, con un bastón grande terminado en cruz, con su nombre nuevo MARÍA ANTONIA DEL SEÑOR SAN JOSÉ, o con unas ojotas de cuero que eran lo mismo que nada.
La acompañaban unas amigas, en esa aventura loca de llevar a Jesús por lugares sin caminos y sin señales, sin hospedajes, sin hospitales, ni farmacias, sin kioscos, sin plata, pero con peligros, con tormentas, con cansancio.
¿Cómo hicieron?  Nunca lo sabremos, tampoco hubo cámaras para filmarlo, pero esas cosas que pasan tal vez suceden para que estemos seguros de lo que Jesús hace por nosotros cuando no nos desprendemos de Él y cuando las cosas que hacemos las hacemos por los demás. Varias veces se accidentó en el camino, una vez una pierna, otra una costilla, y su médico era el Sagrado Corazón.
Y sí, llegó a todos los lugares que se propuso, y luego bajó hasta Córdoba, vestidita de negro y todos sabemos cómo deja el polvo y la tierra un vestido largo y negro. Seguramente la veían llegar y daría miedo o risa. Pero Antonia era tan linda que seguramente entraba a las ciudades como una reina o como un ángel, porque no sabemos cómo lo hacía pero conquistaba a todos.
No iba pidiendo permiso, no mandaba cartitas a los curas, iba derechito a hablar con los obispos y les mostraba cómo era posible seguir haciendo los Ejercicios Espirituales y qué necesitada estaba toda la población de hacerlos.
Y fue después, aunque no lo crean, que se fue a Buenos Aires, pero, ojo al piojo, no se imaginen a Buenos Aires, como es ahora, llena de edificios, autos, ruidos, luces, colores, no, Buenos Aires era un puerto, con muy pocas manzanas pobladas, con gente que iba y venía, con unas poquitas Iglesias y con necesidad de fe.
Allí, cuando se iba acercando a ese lugar, la vieron tan sucia de tierra, con su paso lento, pero con su rostro feliz, (y claro, imagínense la felicidad después de haber caminado tanto llegar a su destino), que un grupo de chicos comenzaron a tirarle piedras para no dejar entrar a esa loca.
Pero Antonia traía una cruz en la mano y por experiencia sabemos que los que llevan una cruz resucitan.
Y así fue, se refugió al principio en la Iglesia la Piedad, parecería seguro  una de esas personas que hoy duermen en la puerta de las iglesias. Pero se repuso, seguramente al lado del Sagrario, se repuso y fue a hablar con el Obispo y luego con el virrey, que le cerraron la puerta unas cuantas veces. Pero ella entre todas las virtudes que tenía no se cansó de llamar, insistió, insistió, insistió, hasta que consiguió hacer los ejercicios también allí.
Y pudo cumplir un sueño, hacer una Casa de Ejercicios en el centro de la Ciudad, todos la ayudaron, ¿saben quién le dio el terreno? Un vocal de la Primera Junta, el padre Manuel Alberti, y ¿saben quién fue uno de los sacerdotes que cuidó como capellán esa casa? Un congresal de la independencia el padre Pedro Francisco Uriarte.
En esa casa pasaron a rezar todos, los más ricos y los más pobres, las damas “antiguas” de los libros de historia y las “mulatas” esclavas, y juntas, compartiendo y sirviéndose.
Había en la Casa un lugarcito para las Mujeres que estaban presas, para enseñarles trabajos y que puedan mejorar sus vidas. Había también un baúl de los milagros, donde siempre había pan para el que lo necesitaba.
Y como si fuera poco se fue al Uruguay  a seguir con los Ejercicios.
Tenía, claro, algunos amigos inseparables, como su Manuelito, una cruz abrazada por el Niño Jesús, y un San Cayetano que nunca la dejó sin dar lo que los pobres necesitaban. San José, quien le dio su apellido. Y María, la abadesa, como le decía, le solucionaba todos los problemas.
Gente de todas partes iban a pedirle consejo, no sabemos qué les decía, pero sabemos que enamoraba.
María Antonia de Paz y Figueroa, María Antonia del Señor San José, Mamá Antula, como le decían nativos y gauchos, un 7 de marzo de 1799, descalcita y de blanco se fue al Cielo, haciendo el bien, como Jesús.
Las hermanitas del Divino Corazón nos guardan su Santa Casa, y todos sus tesoros, la contemplación, que aprendiera seguramente en su Tierra de Santiago mirando la mano de Dios en cada cosa, la misión, que la moviera a llevar a Jesús por donde no lo conocen, la caridad, que la compadece ante las necesidades del otro, el consejo que responde ante la incertidumbre de los corazones, la constancia, la paciencia, la valentía, la fortaleza, el amor, el servicio.
Esta es una pincelada de su historia, ahora tal vez entiendan por qué su vida más que una aventura fue una bienaventuranza.
Gracias María Antonia, danos una miguita del pan de tu amor para ser mejores.
Mónica Gómez

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