Queridos catequistas, dirigentes y animadores:
Al comenzar el tiempo de Cuaresma, la Iglesia nos invita a recorrer con Jesús un camino de conversión, escucha y esperanza. No es un tiempo triste, ni un simple ejercicio de esfuerzo moral. Es un tiempo profundamente orientado a la Vida, porque camina hacia la Pascua. Por eso, el mensaje que queremos contemplar y transmitir a los niños es claro y luminoso: “La alegría de Jesús nos llena el corazón. ¡Él vive!”
La Cuaresma nos conduce al misterio central de nuestra fe: la muerte y resurrección del Señor. Pero, cuando acompañamos a los niños, es importante que comprendan que el sacrificio de Jesús no termina en la cruz. La cruz es el paso hacia la vida nueva. Jesús no queda en el sepulcro. ¡Jesús vive! Y esa es la fuente de nuestra alegría.
Como nos recuerda el Evangelio, el anuncio pascual comienza con una invitación a no tener miedo: “No está aquí, ha resucitado”. La alegría cristiana nace precisamente de esa certeza: Cristo está vivo y camina con nosotros. Esa alegría no depende de las circunstancias, sino de una presencia.
Para los niños, la fe se aprende sobre todo por contagio. Si nosotros vivimos la Cuaresma como un tiempo de esperanza, ellos descubrirán que la conversión no es tristeza, sino preparación del corazón para una gran fiesta. Podemos ayudarlos a comprender que:
Orar es hablar con un Jesús que está vivo y los escucha.
Compartir es parecerse a Jesús que ama sin medida.
Pedir perdón es dejar que Jesús renueve el corazón.
La alegría de Jesús no es ruido ni euforia pasajera; es la paz profunda de sabernos amados. En nuestros encuentros y actividades, los gestos sencillos, signos visibles, momentos de silencio y pequeñas acciones solidarias pueden hacer experimentar que la vida nueva ya comienza cuando abrimos el corazón.
También nosotros, catequistas, dirigentes y animadores, necesitamos volver a escuchar el anuncio que cambia todo: Cristo vive. Él nos llamó, nos sostiene y actúa en la misión que realizamos. No transmitimos una idea ni un recuerdo del pasado, sino a una Persona viva que sigue encontrándose con los niños hoy.
Que esta Cuaresma sea para nosotros un tiempo de renovación interior. Que podamos preparar el corazón de los niños para la Pascua ayudándolos a descubrir que la verdadera alegría no pasa, porque tiene nombre: Jesús.
¡Él vive! Y su alegría llena nuestro corazón.

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